miércoles, 27 de junio de 2007

CUENTOS QUE NOS HACEMOS


Todos mantenemos charlas con nosotros mismos, sepamos o no. Son las cosas que nos decimos, sobre nuestro cuerpo, mente, las personas, las situaciones. Los grupos de pensamientos organizados se pueden llamar "Ideología", "creencias" o "filosofía personal". Estas en todos los casos son únicas, irrepetibles. Tienen cosas en común con las cosas que "cree todo el mundo" y muchas que solo tienen un significado para nosotros mismos.


También hay muchísimas cosas que desconocemos sobre nosotros y los demás. No se saben. Actuan en nosotros pero nunca pensamos en ellas. Es que no podemos.

También gozamos de revelaciones. Porque de pronto y mágicamente, sabemos muy bien qué hacer, cómo escribir, cómo rendir un examen, cómo conseguir un trabajo o un premio. Es lo mismo que cuando Picasso decía: “Yo no busco, ¡encuentro!”.

Buscamos muchos meses la solución de un problema y un buen día, todo parece muy claro. Hallamos la solución sin saber muy bien cómo.

Muchas de estas revelaciones y pensamientos son buenas para nosotros. Otros en cambio, nos hacen sentirnos temerosos, irritados, rumiantes, frustrados, ansiosos. Tienen cierto "poder" sobre nuestra conducta, y reacciones, aunque no las determinen del todo.

Por otra parte, "Las cosas de la vida" son algo más que una frase o que el título de una película. Son circunstancias en las que sufrimos una cantidad elevada de angustia, tristeza, sufrimiento.
Los "dolores" –de todas clases-- son comunes a todos los seres humanos, por el hecho de estar vivos. Ejemplos muy comunes de dolores psíquicos son la pérdida de seres queridos, las enfermedades orgánicas y mentales, las crisis personales internas o las crisis debidas al dinero, trabajo, matrimonio, paternidad, posesiones. Muchas veces se les llama situaciones traumáticas.

Hay personas que pueden pasar por muchas experiencias devastadoras y salir bien de ellas, para seguir sus vidas lo mejor que puedan. A esta capacidad de afrontar difíciles situaciones de vida utilizando los propios recursos se le llama "resiliencia".
Las cosas que "nos pasan" -aunque muchas veces sí tenemos que ver con ellas- no afectan de la misma forma a diferentes personas, porque éstas piensan y sienten muy distinto frente a lo corporal, mental o social.

También tiene una gran importancia el relato que hacemos y que hacen de lo ocurrido, sería “mira que te cuento que… “. Y otras personas nos dan una versión diferente de los que nos ocurrió.

Algunas de las ideas o "sistemas de creencias" nos colocan en el lugar de la víctima, los débiles, derrotados, vencidos, destruidos.

Otros pensamientos nos llevan a la solidaridad, alegría, placer, gusto por el esfuerzo, estudio, el deseo de sentir amor o de ser amados.

Todos poseemos una mezcla de ambos, que por separado tienen sus "pro" y sus "contra".


Ser débiles o desamparados nos permite buscar la ayuda de los fuertes, ser auto-compasivos, obtener lo que necesitamos por "provocar" lástima o culpa en los demás.

Aunque no sea del todo cierto, se tiende a asociar a las "víctimas" con la bondad y a las personas más fuertes con la agresividad. Los pensamientos de auto-fortaleza pueden ser un producto del egoísmo, narcisismo, aprovechando la comparación con los "peores" que nosotros y puede resultar una forma de sentirse "poderoso", aunque sea en tonterías.


Además sentirnos capaces y fuertes también puede provocarnos vergüenza, culpa, o "síndrome de la trinchera" (si a todos les va mal, ¿por qué me va a ir bien a mí?).

En diversas guerras se observó que en las trincheras, quienes sobrevivían a una explosión que mataba a varios compañeros, sufrían fuertes sentimientos de culpa que los acompañaban gran parte de su vida. Se sentían culpables por estar vivos y especialmente por disfrutar.

Una de las primeras reglas del salvataje en el mar es no acercarse demasiado a quien se está ahogando, porque su pánico puede causar dos o tres víctimas en lugar de una sola.

Solo se puede hacer un salvataje en el mar no ahogándose con la persona afectada. A veces esto implica maniobras agresivas para evitar puñetazos y pataleos de la persona en peligro, que se siente muy asustada.

Algunos autores (Beck, Ellis, Dryden) se basaron en la filosofía estoica (Griega) que afirma "No son las cosas que nos pasan las que nos afectan, sino lo que pensamos de ellas" o "Pueden porque creen que pueden" (Séneca). Esto semeja bastante al conformismo, porque pensemos lo que pensemos, nada podrá resolver la muerte de alguien querido, ni "detener las balas", ni salvarnos del sufrimiento.


Pero la forma de afrontar la vida de ahí en más, en la práctica, puede tener mucho que ver con lo que pensamos y sentimos.


Dejar de "vivir" por un suceso traumático puede ser una forma natural del duelo por lo perdido, durante cierto tiempo. Pasado ese lapso nadie exigirá que debamos morir para honrar al ser querido, quien ha muerto. Esto en verdad se llama "melancolía" (una enfermedad peligrosa).


Y aquí os dejo en mis reflexiones, me voy pero volveré.



1 comentario:

  1. La mente es un laberinto abrupto, semejante a la complejidad de un sistema nervioso.
    Sí es cierto que nos hacemos cuentos, tanto vemos las cosas de una manera agresiva o sensible, es como nos afecta, distante o no de la verdad del problema.
    Si la melancolía es una enfermedad grave, creo que muchos sufrimos con ella al menos dos veces al año.
    Un saludo.

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