Tomemos un tipo sometido, aburrido, desconocido, omitido como
cualquiera, un jubilado que tras 40 o 50 años de trabajo no puede pagarse la
vida, un empleado mediocre lleno de deudas dentro de una sociedad que lo seduce
al consumo, lo induce de las mil formas posibles. Tomemos a los Nadies, a los
que nunca, nunca, nunca se acostarán con la rubia hermosa y jugosa que observan
todas las noches en la pantalla, esas frutas exóticas que jamás comerán, los que quedan de la
parte de afuera del restaurante del menú ejecutivo de 200 o 300 mangos. Tomemos
a los que viven en casillas sin agua, sin gas, a los cartoneros que solían ser clase media apenas
20 o 30 años atrás y ahora son “recicladores”
Tomemos a toda esa gente que quiere ver bien lejos Micky
Vainilla.
Para ellos la tele es maravillosa.
Frente a la injusticia cotidiana y los miles de tipos
corruptos que “se salvan” mediante el simple cohecho, el sobre salvador de fin
de mes, la complicidad pequeña que un día nos permite “la casita”, ahí corrije la
tele, único sitio donde podemos ver que invariablemente el Bien siempre triunfa
sobre el Mal y que el delito no paga, gran corrector simbólico de injusticias
donde nosotros los Nadies siempre somos protagonistas.
Donde la mucama deja de ser “la sierva” para transformarse mágicamente
en la novia amada de un chico lindo, un
chico bien, de esos con fortuna y llenos de buenas intenciones.
Dicho lo cual: Pido seriamente que me envíen al mundo de la
televisión, pido desesperadamente que me dejen estar cerca de tanto rico bueno,
al lado de los justicieros...
Yo también quiero llenar mis carencias con ese néctar que se
fabrica en los sets de las películas para que las miren los sonsos, porque
señores,
Yo también soy un sonso.





